sábado, 7 de noviembre de 2015

Ana.

Hoy le duele la sien más que de costumbre. Al amanecer, la luz le despierta abrasándole los ojos y la piel. Por un momento, hace el ademán de levantarse a bajar la persiana, pero el picor de la vía en la mano le recuerda que sus tiempos de movimiento pasaron a mejor vida hace mucho. Las llagas de sus piernas y su espalda le duelen, pero no de la forma evidente. Le recordaban a todas horas que el resto de su vida (ojalá poco tiempo)lo pasará postrado, apesadumbrado ante las caras de asco de las enfermeras al verlas supurar y verse obligadas a limpiarlas. La cama, aquella que anhelaba durante su vida pasada, el refugio en el que se escondía de todo el odio y la guerra del exterior, se ha convertido en lo que miles de cuchillas nunca soñarían ser. Joder, ni siquiera el almohadón está mullido, le hace sentir que vuelve a dormir sobre el bordillo, como cuando ella no podía permitirse dormir junto a él y se veía obligada a echarle junto con su olor a puta y coñac barato a la calle. Ana nunca se mereció eso. Ni siquiera cuando hizo para merecerlo. Pero eso es pasado, hoy ya nada de eso importa. Piensa en cómo estará, en si él la estará tratando como se merece, en si le brillan los dientes como cuando le hacía sonreír, en si seguirá utilizando el mismo repertorio de insultos que usaba con él. Joder, cómo le encantaban sus insultos. Disfruta recordándolos casi tanto como disfrutaba oyéndolos. Ventajas de la embriaguez. Acto seguido, un rubor rojizo le invade la cara hasta entonces pálida y fría como el mármol al recordar que su hija estuvo presente en todos esos momentos. Incluso ahora le avergonzaba recordarlo. De hecho, hoy le avergüenza más que nunca. Se pregunta si el único acto en su vida del que estaba orgulloso hoy en día habría estado orgullosa de él en algún momento. Quizás cuando su cara aparecía en los periódicos… quizás en las entregas de premios… quizás cuando podía comprarle todo lo que deseaba… No, nunca lo estuvo. 
Nota los ojos acuosos, y quiere pensar que era por la luz. Entra en uno de sus típicos ataques de nervios y decide sacar la cajetilla de Lucky Strike de debajo de la almohada. La abre. Quedan dos: uno con el filtro hacia arriba y otro con el filtro hacia abajo. “Escoge, hoy puede ser tu día de suerte”, piensa mientras saca el que está del revés. Lo enciende con su viejo Zippo estampado con el logo de Extremoduro y le pega una larga calada. Sus nervios bajan en función del aumento de su tos. Nunca había llegado a acostumbrarse a ella, aún hoy le recordaba a su padre. Desde hacía un tiempo había comenzado a creer (aquella habitación dejaba mucho tiempo a la reflexión) que lo único bueno que le dejó fueron esas terribles ganas de hacerle daño escribiendo, ese constante pensamiento de si estaría llorando al leer sus pseudobiografías. Pensaba en sí lamentaría haberle enseñado a Bukowski. Pero no, nada de eso. Probablemente, ni siquiera haya comprado ningún libro suyo. El amor es mutuo. A veces aún se siente culpable en cierto modo por no haber acudido a su funeral. Sin embargo, aún recuerda el sabor de la botella de bourbon de esa noche. Le supo como ninguna y escribió como nadie después. Sin embargo, después de tanto tiempo, cierto amargor recorre las curvas de las letras de su nombre en su cabeza… Supone que si al final se convirtió en su padre, fue porque en el fondo le quería… Pulsa el botón del mando y enciende el televisor. Basura, basura y más basura. El hombre ya no es hombre desde que desea aparentar que no quiere ver a nadie muerto. El ser humano ha muerto para dejar paso a algo que por muy humano, no es. Apaga el televisor asqueado y enciende la radio. Busca entre las emisoras y de repente el corazón se le congela. Ahí está Ana, en la puerta. Su cabello castaño parece hoy más brillante que nunca, y el vestido azul que luce resalta su figura y su piel tersa y blanca. Mientras se acerca, hace un esfuerzo titánico por incorporarse, pero llega a la conclusión de que la vergüenza por verle tendido en la cama es más asequible que verle llorar de dolor. Le cuenta que su hija estaba fuera con él; no ha querido entrar. Lo entiende, nadie quiere ver a su padre así. Por lo visto, Ana ha encontrado un pequeño cuaderno en el que ha escrito pequeños textos. Se lo pone delante y comienza a ojearlo. Mierda, le recuerdan a él de joven. Ya sabe lo que eso significaba y el lugar en el que le dejan aquellas cuartillas. Aquello le rompe el corazón a la vez que le hace sentirse aún más orgulloso de ella. Ana le cuenta que se mudan a Barcelona. Con él. Su empresa ha fructificado una vez más y ha decidido trasladar su sede a una ciudad más cosmopolita. Recuerda entonces cómo bromeaban los dos con escapar a Barcelona un día cualquiera, siendo aún niños. Soñaban con coger el primer tren y escapar. Con vivir. Pero ya es tarde. 
Miles de pitidos comienzan a sonar a la vez. Su vista comienza a tornarse borrosa. Le falta el aire y le arde el pecho. Aún tras tantas experiencias a lo largo de su vida, esta es, de lejos, la más real. Por fin está vivo. Piensa en aquel último cigarro. Quizás si no hubiera cedido a fumarlo, Ana no tendría que haberse sometido a la vergüenza de verle así. Acude corriendo al pasillo en busca de alguien, pero está vacío. Murmura su nombre y ella se acerca corriendo a él. Entre tantos pitidos, un sonido predomina sobre el resto. Se trata de la radio. “What have I become / My sweetest friend / Everyone I know goes away / In the end /And you could have it all / My empire of dirt / I will let you down / I will make you hurt”. Qué irónico. Coloca la mano sobre la suya y ve su nueva alianza, con un gran diamante coronando el majestuoso anillo. Ella se da cuenta e intenta ocultarla con su otra mano. Aparta su mano mientras las lágrimas corren por su cara. Él, sin embargo, sonríe. No puede respirar y apenas puede distinguir las figuras que están ante él. Aprieta su mano con fuerza y siente el olor de su perfume acercándose a su cara. Él intenta murmurar algo, y ella acerca el oído a su boca. “Estoy orgulloso de ella”, repite. Entonces lo ve, tan nítido como la primera vez. Ese brillo en sus dientes le reconforta. Aprieta su mano con fuerza una vez más y se vuelve a acercar. Le besa en la boca.




“If I could start again / A million miles away / I would keep myself / I would find a way”.

sábado, 17 de octubre de 2015

Hoteles.

Entreabre los ojos. La cabeza le da vueltas y apenas puede moverse. No reconoce la cama en la que está, pero sí el olor. Ella. El mismo recuerdo cada vez que despierta. Como puede, mira la esfera rota de su reloj. Segundos después recuerda que hace meses que no funciona. Se incorpora con toda la agilidad que su cuerpo maltrecho le permite. Camina hacia el baño en un ataque de nauseas ante el peso de su soledad. Puede pasarse meses sin aparecer, pero a veces viene, te apuñala y se va. Quizás por eso es nombre de mujer. Se ríe de lo absurdo de su chiste. Pero nadie le escucha reír. Nunca. Y eso le gusta, de hecho. Lo considera un evento digno de celebración. Una cosa de uno. Mira su reflejo en el agua del váter y su sonrisa se desdibuja. Ojalá cosa de dos. Vomita y reconoce el sabor del ron, la cerveza, la pena y el whisky. Todos baratos. Se incorpora y al instante vuelve a vomitar. Todo vuelve si se quiere lo suficiente. Se moja la cara en el lavabo y mira al espejo. El cristal está roto, y eso le hace preguntarse quién de los dos recibirá la mala suerte. Odia cuando cae en la autocompasión y no puede evitar apretar los dientes hasta no sentir la mandíbula. El sabor a hierro le frena. Decide volver a la cama. Por el camino, un pinchazo en el pie le invita a parar. Mira al suelo y ve cristales rotos. Jura no volver a beber pero se miente a sí mismo. Nada le sabe mejor desde que nada más le sabe a nada. Camina con el cristal en el pie hasta una butaca cercana a la esquina. La luz de un neón parpadeante se cuela entre las persianas sin pedir permiso, como el miedo. Se saca el cristal sin inmutarse; no puede permitírselo. Decide intentar escribir algo bonito, hacer sentir a una lo que otra no le hace sentir. Resulta tan fácil que le agobia. “Un Daniel’s en una botella de whisky barato” dice para sí. Se propone intentarlo. Escribe un nombre por parpadeo mientras piensa en sus cuerpos. Enamorado de todos ellos, y piensa en cómo bailan. En con quién bailan. Intenta no debatirse entre si fueron felices cuando él entró en sus vidas o cuando salió. Los celos le invaden pensando en quién las toca, en quién hace que entiende lo que sienten, en quién da lo que él no pudo. Desagradecidas. Rompe las hojas, que caen en un charco de procedencia discutible. El zumbido de una bombilla a medio estallar le hace pensar por una vez en él. Le resulta irónico encontrarse a sí mismo en una luz, pero las cosas nunca vienen dadas. Llora pensando en él lo que no llora pensando en los demás. Por un momento el hambre, la guerra, las enfermedades y la pobreza no son nada comparados con lo que padece. Está enfermo de él y no hay químico que lo cure. Espera el final mientras piensa en su culo. No sabe de quién, pero lo piensa. El tren de su vida llega a la estación y por fin ve la luz al final del túnel. Él, que solo quería calentar su cama, que solo quería ser “el hijo de puta este” de alguien, que solo quería su aliento, que solo la quería a ella; ya no es él. Es otro el que vive en su cuerpo. Y destroza su cabeza todas las mañanas como el que vive en un hotel de neón parpadeante. Pero ella no quiere quererle, así que otro día más. Otro día menos. Baja a rellenar el bar y pide cinco botellas. “¿Todas iguales, señor?”, oye. “En fin… Eso parece”, contesta. Y sonríe.

jueves, 27 de agosto de 2015

Llámalo X.

Creo que alguien me está hablando. Suena disperso, lejano. Creo distinguir en sus voces cierto tono de preocupación. Debería sentirme reconfortado, pero la certeza de que no lo siento no hace sino alejarme más de ello. El mundo está en mute y la única persona con voz es la única que pagaría por no escuchar: Yo. Ahora recuerdo a todas las que me dijeron que era imposible discutir conmigo. “Mierda, soy el mejor en esto”, pienso. Entiendo que no hay manera de ganar una batalla contra uno mismo sin hendir la hoja en tu propia carne. Abro otra lata. Miro a través del agujero, intentando determinar donde termina, divisar en el fondo una solución o al menos un por qué. Justo lo que buscaba: Nada. Esa oscuridad me recuerda a un desagüe e, inconscientemente, la imagen de la bañera viene a mi mente. Sería rápido, tranquilo, como en Redrum. Pero la sola imagen de mí mismo allí frío justo después y mi madre aporreando la muerta me produce nauseas (o quizás sea la última lata). Además, sería demasiado fácil para alguien tan difícil como yo. Ese cliché está demasiado usado. Acaba la canción del Cheb y comienza una de Cash. Hace mucho que no escribo, me digo a mí mismo, como alentándome. Caigo en los tantos que querrían tener lo que tengo. Podría ser un genio, pero prefiero vivir al día. Eso me hace sentir jodidamente bien. Nada sabe mejor que el talento desperdiciado en un hombre (si se me da el derecho de calificarme así) apático. Joder, hasta me ha arrancado una sonrisa. He de aprovecharlo, he de buscar el tesoro en mi basura. Pienso en ella. No en ella, en Ella. Podría serlo, de verdad que podría serlo. O quizás solo sea su culo. “No, tiene algo, me digo”. Dice que soy un Pollock. No me ha hecho olvidar una mierda de las otras, ni de los otros, ni de mi puta vida de mierda insípida. Al revés, me hace mantener el contacto con ella. Intensifica las cosas. Hace que lo bueno sea muy bueno y lo malo sea aún más malo, pero tampoco quiero otra cosa. Lo último que quiere una persona observadora es perder el contacto con los detalles. Quiero sentir. En cierto modo, me recuerda a lo que significa el caballo para Rent Boy en Trainspotting. Eso me hace sentir un yonki y me recuerda mi insalubre facilidad para el vicio, para la obsesión. Malditas mujeres, tienen el mundo en sus manos y lo agitan como una bola de nieve en manos de un niño hasta hacerlo trizas. Porque pueden. Cómo me gustan. Al menos la bebida no huye cuando le consta que bebo de ella. Cómo me gusta. Al menos los libros me devuelven gran parte del esfuerzo que invierto en ellos. Cómo me gustan. Otra vez las náuseas. Corro al baño y nada (estaré enfermo). Al volver, me fijo en el espejo, algo más sucio que de costumbre. Me congratula caer en que en cierto modo distorsiona mi rostro (más). Me quedó haciendo muecas frente a él, mirándome desde un gran número de ángulos. “No hay nada que hacer, en esto has perdido” pienso. Al principio me deprime, pero luego viene la rabia. Ese hijo de puta de ahí arriba se aburría tanto con su estúpido rebaño de ovejas similares unas a otras que jugó conmigo. Me lo está poniendo difícil el cabrón. Seguro que verme así le divierte. “¿Sabes qué? Voy a darle juego a ese cabrón. Ni tulléndome como lo ha hecho me aplastará. Me pegará una paliza pero pienso encajarle dos o tres puñetazos a ese mierdas.”, me digo. Abro el grifo. Vuelvo a la realidad. Ojalá Él existiera, así podría culparle de todo. El mero hecho de que sea todo puro azar me desencaja la mandíbula. Vuelvo a pensar en ellas, en todas ellas. Me pregunto qué será lo que les mueve a acercarse a mí. Tras mucho debatir, me quedo con tres opciones: Lástima, miedo, o una vida tan marcada por los complejos y el vacío que les lleve a buscar alguien que esté más jodido que ellas y dispuesto a arreglarles la vida. No sabría decidir. Me quedo con las tres. Me las llevo puestas. Malditas mujeres, ahora entiendo por qué se le llama heroína. Pero juró por el mierda de ahí arriba que me arrancó la vida de las manos antes de poder siquiera usarla, que volvería a elegirlas a todas una y mil veces. Volvería a cometer todos los errores que he cometido para llegar a este punto. De hecho, joder, no cambiaría mi vida por ninguna otra del mundo. Soy un mierda egocéntrico de cojones, nadie vale lo suficiente como para joderse como yo lo hago. Se me escapa otra sonrisa. Abro otra lata y pulso el play.
“Sobrevalorao' por loco,
Tengo un coco que flipas, pero no lo aplico.
Una vida de mierda pero no la arreglo,
Dices entonces que de qué me quejo.
Sería más sencillo que me dieras lo que necesito,
En cualquier caso, mejor si cierras el pico…

…Poco a poco pero sin descanso. Te rozo pero no te alcanzo,
Contándole a la gente el cuento
De que tengo el corazón inmenso, así es como avanzo.
Me quiero lejos de mí mismo.
Estoy haciéndome daño, soy el rey del cinismo,
Estoy subiendo peldaños.”

jueves, 23 de julio de 2015

A la gangrena de mi pierna:

A la gangrena de mi pierna:

 Cómeme por dentro, hija mía. Eres carne de mi carne, y yo también paso hambre. Cómeme por dentro, llévate mi andar. No lo necesito. Estoy cómodo aquí, no voy a ir a ningún sitio.
Y tú, salud, huye y no vuelvas, pues no me has hecho más que mucho daño y poca compañía.

ojalá fuese espada.

Camino
luciéndome entre las sombras
triste destello.

Camino
lleno de curvas
   sinuosas
     su espina;
 sus pechos.

Me dice:
no nació genio de la
 comodidad
sobre mí, en su cama de
 clavos

Le digo:
qué ocurre al morder
la serpiente al fakir
bajo mi tumba de
 clavos

Escribo
entre la pared
y la rosa
  [ojalá fuese espada]
                 y bebo otra.

Y aprieto
contra mi pecho
la rosa
hasta dejarla vacía de pétalos
porque las púas la hacen
bella

Y qué desean
  las púas,
sino clavárseme
en el pecho como
 clavos

Y que desean
  las lágrimas,
sino caérseme
de los ojos como
 pétalos
                 y bebo otra.

te busqué en mi lista de
errores
y encontré mi nombre
seis veces tachado

por seis balas para
la ruleta rusa
y seis veces
que he fallado
  [ojalá fuese espada]

Sueño
que Dios se apiada de mí
estrechando alrededor
de mi cuello sus manos.

Despierto
aprieta pero no ahoga y
camino
entre el epílogo y el epitafio
                  y bebo otra.




jueves, 16 de julio de 2015

Joder.

Lo que os jode es que no podéis entenderlo. Casi tanto como me jode que no lo entendáis. 
La diferencia reside en que a mí con una botella dejará de joderme que no lo entendáis, mientras que vosotros ni con todo el alcohol del jodido mundo llegaréis a entenderlo.

             Joder.


lunes, 13 de julio de 2015

Te busco.

Te busco. 
Como el ciego busca olvidar que un día vio. Como la rosa busca la tierra y la tierra busca unas raíces que abrazar. Como el recién nacido busca la vida y la vida cierra las manos lentamente alrededor de su cuello. Como el hombre busca el sexo, porque nació del sexo (La de polvo somos y en polvo nos convertiremos). Como el hoy busca el ayer, necesitado de un punto de apoyo (aunque sea una aguja). Como el vagabundo busca unos céntimos en el suelo con la mirada para un cartón de vino más (aunque sea una aguja). Como el tiempo busca cobijo entre tus piernas para no correr cuando te tengo. Como el tiempo se cubre de escarcha cuando no te tengo. Como el cristiano busca la fe y el ateo busca no encontrarla. Como me dueles cuando no me besas; como me besas cuando no te duelo.
Te busco como la vida a la muerte, porque juntos se matan y separados se mueren. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Balada de bala y hueso.

Se dice que ser poeta es más difícil que vivir. Por eso yo, ni lo uno, ni lo otro. Por eso me busco entre las lineas de Bukowski, y me encuentro acorralado por el miedo. Me escondo entre el amor y el odio, pero hay tan poco espacio que respirar se hace imposible. Me atoran el pecho, rompen mis costillas y astillan mi alma (si la puedo llamar así). Y con mi último aliento me pido a mí mismo que me abandone, quizás por tener así la certeza de que alguien una vez estuvo (si me puedo llamar así). 
Y sueño que me trago mi lengua, huyendo de reflejar esos dos ojos brillantes que me miran desde la sombra en el rincón de mi cabeza. Y me aterran, no me dejan dormir, no me dejan comer y no me dejan morir. Me dejan vivir, porque saben lo que es el miedo. 
Y miro mi casio al revés, restando los segundos hasta que hunda en mi sien una bala que llore de alegría mientras cruce mi cráneo pensando que no todas las balas tienen un final triste. Algunas salvan.
Y mientras tanto, pierdo el tiempo, subpoetizando;
sobreviviendo;
 esperando.


viernes, 6 de marzo de 2015

Me gusta.

Me gusta saltar al vacío porque conozco el abismo. Y no da tanto miedo. Hace frío, pero me lo ahorro en hielos. 
Me gusta vivir entre lineas por si me encuentro con su nombre. Por si duermo en su inicial y después le prendo fuego. Llámame Nerón. Guárdame el océano, para llenarlo de mis lágrimas. Llámame Nerón. 
Me gusta hacer que me gusta algo, me gusta sentir un par de alas de plumas negras de mi cráneo negro. Y me gusta partirlas, coartar mi libertad como el preso de mí que soy. 
Me gusta reírme de los problemas de la gente, porque llorar solo es mejor que reír acompañado. Me gusta ver la envidia en los ojos del que tiene todo ganado. Pobre idiota. 
Me gusta su ropa, porque más sencilla es estar desnuda. Me gusta su pelo, porque oí de no sé qué Dios con no sé cuántas cuerdas de la Gibson rotas. Me gusta su culo porque vale el doble que yo. Me gusta su culo porque no puedo pagarlo. Me gusta arrugar el papel después de escribirla porque el paso del tiempo destruirá hasta su belleza. Me gusta quererla. Me gusta odiarla. 
Me gusta decirme que mañana será diferente. Que no puedo seguir así. Pero vacío, lo lleno y mañana será otro día.

martes, 27 de enero de 2015

Asfixia.

Las constelaciones se alinean
[en su espalda]
y yo me hundo, y no quiero salir
[en sus lunares].

Me ahogo.
Me ahogo porque el puñal
de mi pulmón se clava
más y más

por el peso de la conciencia 
[en mi espalda].
y negros, como
[en mis lunares]
agujeros negros se forman.

Y vuestro universo de costra
 denso,
me atora el pecho. Y mi sangre
 espesa.

La arritmia mental golpea
mi cabeza
Y chorreo vida y muerte
a borbotones.

Y después de
nueve abortos
nació ella.

                     Era idea.

Y la asfixia, 
si es por ella;
no es asfixia,
sino abrazo.

Y la muerte,
si es con ella;
no es muerte,
sino atajo.