Hoy le duele la sien más que de costumbre. Al amanecer, la luz le despierta abrasándole los ojos y la piel. Por un momento, hace el ademán de levantarse a bajar la persiana, pero el picor de la vía en la mano le recuerda que sus tiempos de movimiento pasaron a mejor vida hace mucho. Las llagas de sus piernas y su espalda le duelen, pero no de la forma evidente. Le recordaban a todas horas que el resto de su vida (ojalá poco tiempo)lo pasará postrado, apesadumbrado ante las caras de asco de las enfermeras al verlas supurar y verse obligadas a limpiarlas. La cama, aquella que anhelaba durante su vida pasada, el refugio en el que se escondía de todo el odio y la guerra del exterior, se ha convertido en lo que miles de cuchillas nunca soñarían ser. Joder, ni siquiera el almohadón está mullido, le hace sentir que vuelve a dormir sobre el bordillo, como cuando ella no podía permitirse dormir junto a él y se veía obligada a echarle junto con su olor a puta y coñac barato a la calle. Ana nunca se mereció eso. Ni siquiera cuando hizo para merecerlo. Pero eso es pasado, hoy ya nada de eso importa. Piensa en cómo estará, en si él la estará tratando como se merece, en si le brillan los dientes como cuando le hacía sonreír, en si seguirá utilizando el mismo repertorio de insultos que usaba con él. Joder, cómo le encantaban sus insultos. Disfruta recordándolos casi tanto como disfrutaba oyéndolos. Ventajas de la embriaguez. Acto seguido, un rubor rojizo le invade la cara hasta entonces pálida y fría como el mármol al recordar que su hija estuvo presente en todos esos momentos. Incluso ahora le avergonzaba recordarlo. De hecho, hoy le avergüenza más que nunca. Se pregunta si el único acto en su vida del que estaba orgulloso hoy en día habría estado orgullosa de él en algún momento. Quizás cuando su cara aparecía en los periódicos… quizás en las entregas de premios… quizás cuando podía comprarle todo lo que deseaba… No, nunca lo estuvo.
Nota los ojos acuosos, y quiere pensar que era por la luz. Entra en uno de sus típicos ataques de nervios y decide sacar la cajetilla de Lucky Strike de debajo de la almohada. La abre. Quedan dos: uno con el filtro hacia arriba y otro con el filtro hacia abajo. “Escoge, hoy puede ser tu día de suerte”, piensa mientras saca el que está del revés. Lo enciende con su viejo Zippo estampado con el logo de Extremoduro y le pega una larga calada. Sus nervios bajan en función del aumento de su tos. Nunca había llegado a acostumbrarse a ella, aún hoy le recordaba a su padre. Desde hacía un tiempo había comenzado a creer (aquella habitación dejaba mucho tiempo a la reflexión) que lo único bueno que le dejó fueron esas terribles ganas de hacerle daño escribiendo, ese constante pensamiento de si estaría llorando al leer sus pseudobiografías. Pensaba en sí lamentaría haberle enseñado a Bukowski. Pero no, nada de eso. Probablemente, ni siquiera haya comprado ningún libro suyo. El amor es mutuo. A veces aún se siente culpable en cierto modo por no haber acudido a su funeral. Sin embargo, aún recuerda el sabor de la botella de bourbon de esa noche. Le supo como ninguna y escribió como nadie después. Sin embargo, después de tanto tiempo, cierto amargor recorre las curvas de las letras de su nombre en su cabeza… Supone que si al final se convirtió en su padre, fue porque en el fondo le quería… Pulsa el botón del mando y enciende el televisor. Basura, basura y más basura. El hombre ya no es hombre desde que desea aparentar que no quiere ver a nadie muerto. El ser humano ha muerto para dejar paso a algo que por muy humano, no es. Apaga el televisor asqueado y enciende la radio. Busca entre las emisoras y de repente el corazón se le congela. Ahí está Ana, en la puerta. Su cabello castaño parece hoy más brillante que nunca, y el vestido azul que luce resalta su figura y su piel tersa y blanca. Mientras se acerca, hace un esfuerzo titánico por incorporarse, pero llega a la conclusión de que la vergüenza por verle tendido en la cama es más asequible que verle llorar de dolor. Le cuenta que su hija estaba fuera con él; no ha querido entrar. Lo entiende, nadie quiere ver a su padre así. Por lo visto, Ana ha encontrado un pequeño cuaderno en el que ha escrito pequeños textos. Se lo pone delante y comienza a ojearlo. Mierda, le recuerdan a él de joven. Ya sabe lo que eso significaba y el lugar en el que le dejan aquellas cuartillas. Aquello le rompe el corazón a la vez que le hace sentirse aún más orgulloso de ella. Ana le cuenta que se mudan a Barcelona. Con él. Su empresa ha fructificado una vez más y ha decidido trasladar su sede a una ciudad más cosmopolita. Recuerda entonces cómo bromeaban los dos con escapar a Barcelona un día cualquiera, siendo aún niños. Soñaban con coger el primer tren y escapar. Con vivir. Pero ya es tarde.
Miles de pitidos comienzan a sonar a la vez. Su vista comienza a tornarse borrosa. Le falta el aire y le arde el pecho. Aún tras tantas experiencias a lo largo de su vida, esta es, de lejos, la más real. Por fin está vivo. Piensa en aquel último cigarro. Quizás si no hubiera cedido a fumarlo, Ana no tendría que haberse sometido a la vergüenza de verle así. Acude corriendo al pasillo en busca de alguien, pero está vacío. Murmura su nombre y ella se acerca corriendo a él. Entre tantos pitidos, un sonido predomina sobre el resto. Se trata de la radio. “What have I become / My sweetest friend / Everyone I know goes away / In the end /And you could have it all / My empire of dirt / I will let you down / I will make you hurt”. Qué irónico. Coloca la mano sobre la suya y ve su nueva alianza, con un gran diamante coronando el majestuoso anillo. Ella se da cuenta e intenta ocultarla con su otra mano. Aparta su mano mientras las lágrimas corren por su cara. Él, sin embargo, sonríe. No puede respirar y apenas puede distinguir las figuras que están ante él. Aprieta su mano con fuerza y siente el olor de su perfume acercándose a su cara. Él intenta murmurar algo, y ella acerca el oído a su boca. “Estoy orgulloso de ella”, repite. Entonces lo ve, tan nítido como la primera vez. Ese brillo en sus dientes le reconforta. Aprieta su mano con fuerza una vez más y se vuelve a acercar. Le besa en la boca.
“If I could start again / A million miles away / I would keep myself / I would find a way”.