Dejó de guardarme los días, así que empecé a reservarle las noches (a las que entraba sin permiso). Ahora lo pedía.
Dejé de mirar el espejo; miraba pastillas.
Ni sus palabras herían, ya estaban muertas. ¡Pero siempre fantaseé con la necromancia! Al final, fue el principio que ganó fuerza hasta comerse el camino. Y dejó con sus restos en la taza, la estatua de mí, de mis angustias y recelos. "Never again" pienso en un inglés manido mientras escribo. Pero no paro porque está doliendo (estas esposas hace ya que aprietan, para ser arras). Me releo en sus ojos, y veo primeras personas, que ya son últimas. Ojalá fumase mucho, demasiado, pero qué aburrido tener escape. No hay mayor indicio de muerte prematura, que ni el suicidio llame a tu puerta. Y si el veneno entra en la vena hoy, y se apaga el sol, será por vergüenza y no por traición. Me mojan la cara unas manos extrañas. Me miran desde el espejo, aún con el grifo abierto. ¿Por qué entonar el Mea Culpa, si es himno oficial? Queda por cerrar el grifo (y por cortar el agua). Al final, como aceite resbalas de mis manos, por apretar hasta la asfixia. Entre insultos, recuperando el aire, pajarito ¿sabrás que te guardaba de la caza?
No quiero ya mi coraza, de costillas ni de verdades. Quiero mentirme de nuevo, quiero matar a Rimbaud con las manos de Verlain.
Es tan preciosa, que jamás cuadró que fuera mi vida.
Hasta ahora.