Me descubro pensando en comprarte ropa, antes incluso de
saber tu nombre. Y juro por Dios que te busco entre el bullicio, antes incluso
de conocer tu cara, como quien busca la causa de la muerte en la autopsia.
Como, bebo y leo todos y cada uno de tus sucedáneos entre páginas de Bukowski.
Recuerdo haber visto tu reflejo en el brillo de ciertas pecas en mi cámara. Te
he escuchado entre canciones, gritos e insultos. Te he visto fluir oscura y
viscosa de mis heridas, y quemarme el esófago cuando bajabas. Me has dolido en
cada golpe y levantado de la lona. Pero he ojeado al público y no estabas para
aplaudirme la medalla. Has aparecido al llegar a casa, cuando no había nadie. A
veces para abrir la puerta, a veces para atracarme. Me has comido por dentro,
como el cáncer que se llevará a mi abuelo. Me has helado el cuello como
lágrimas de mi abuelo. El rojo es más rojo sin ti en Mondrian, aunque no lo
entiendas.
Corta, rompe, muerde, dispara, daña, golpea, mutila; mata.
Porque, por una vez, existirás.