jueves, 2 de junio de 2016

A ti, que.

Me descubro pensando en comprarte ropa, antes incluso de saber tu nombre. Y juro por Dios que te busco entre el bullicio, antes incluso de conocer tu cara, como quien busca la causa de la muerte en la autopsia. Como, bebo y leo todos y cada uno de tus sucedáneos entre páginas de Bukowski. Recuerdo haber visto tu reflejo en el brillo de ciertas pecas en mi cámara. Te he escuchado entre canciones, gritos e insultos. Te he visto fluir oscura y viscosa de mis heridas, y quemarme el esófago cuando bajabas. Me has dolido en cada golpe y levantado de la lona. Pero he ojeado al público y no estabas para aplaudirme la medalla. Has aparecido al llegar a casa, cuando no había nadie. A veces para abrir la puerta, a veces para atracarme. Me has comido por dentro, como el cáncer que se llevará a mi abuelo. Me has helado el cuello como lágrimas de mi abuelo. El rojo es más rojo sin ti en Mondrian, aunque no lo entiendas. 

Corta, rompe, muerde, dispara, daña, golpea, mutila; mata. Porque, por una vez, existirás.