Otra vez lo hacía. Volvía a escribir sobre sí mismo en tercera persona, como queriendo evitar la certeza de que, al escribir en primera, la náusea en lo obvio de conocerse le tumbara de una patada en la columna vertebral, dejando solo un corazón apopléjico. Le gustaba autodenominarse Apolonio, porque escribía con orden geométrico, como compensando el caos ordenado de su [vamos a llamarlo] vida.
Era duro y frío, como el cristal de no sé qué botella de no sé cuántos grados. Y se cortaba consigo mismo. Y escribía en el papel con su sangre oscura, espesa; como él. Y se cortaba con el papel al intentar pasar la página. Y buscaba su reflejo en el charco de sangre oscura, espesa; como él. Y no encontraba nada, porque el charco lo reflejaba. Y escribía REDRUM con tinta de sus venas en el espejo, como pidiendo auxilio al del otro lado. Y lo rompía. Y se rompía. Y moría. Y volvía a nacer como maldito; como si rasgarse la piel para dejar escapar lo poco de humano no fuese suficiente para borrar el número de la Bestia de su nuca.
Se sentía en la cima; era la cima. La jodida montaña a la que Mahoma se vio obligado a ir, porque dicen que un cadáver es el doble de difícil de mover que un vivo. La pluma más rápida de todo el Far West no necesita de cabaret barato para sentirse sucio.
Otra vez lo hacía.