Entreabre los ojos.
La cabeza le da vueltas y apenas puede moverse. No reconoce la cama en la que
está, pero sí el olor. Ella. El mismo recuerdo cada vez que despierta. Como
puede, mira la esfera rota de su reloj. Segundos después recuerda que hace
meses que no funciona. Se incorpora con toda la agilidad que su cuerpo
maltrecho le permite. Camina hacia el baño en un ataque de nauseas ante el peso
de su soledad. Puede pasarse meses sin aparecer, pero a veces viene, te apuñala
y se va. Quizás por eso es nombre de mujer. Se ríe de lo absurdo de su chiste.
Pero nadie le escucha reír. Nunca. Y eso le gusta, de hecho. Lo considera un
evento digno de celebración. Una cosa de uno. Mira su reflejo en el agua del váter
y su sonrisa se desdibuja. Ojalá cosa de dos. Vomita y reconoce el sabor del
ron, la cerveza, la pena y el whisky. Todos baratos. Se incorpora y al instante
vuelve a vomitar. Todo vuelve si se quiere lo suficiente. Se moja la cara en el
lavabo y mira al espejo. El cristal está roto, y eso le hace preguntarse quién
de los dos recibirá la mala suerte. Odia cuando cae en la autocompasión y no
puede evitar apretar los dientes hasta no sentir la mandíbula. El sabor a
hierro le frena. Decide volver a la cama. Por el camino, un pinchazo en el pie
le invita a parar. Mira al suelo y ve cristales rotos. Jura no volver a beber
pero se miente a sí mismo. Nada le sabe mejor desde que nada más le sabe a
nada. Camina con el cristal en el pie hasta una butaca cercana a la esquina. La
luz de un neón parpadeante se cuela entre las persianas sin pedir permiso, como
el miedo. Se saca el cristal sin inmutarse; no puede permitírselo. Decide
intentar escribir algo bonito, hacer sentir a una lo que otra no le hace
sentir. Resulta tan fácil que le agobia. “Un Daniel’s en una botella de whisky
barato” dice para sí. Se propone intentarlo. Escribe un nombre por parpadeo
mientras piensa en sus cuerpos. Enamorado de todos ellos, y piensa en cómo
bailan. En con quién bailan. Intenta no debatirse entre si fueron felices
cuando él entró en sus vidas o cuando salió. Los celos le invaden pensando en
quién las toca, en quién hace que entiende lo que sienten, en quién da lo que él
no pudo. Desagradecidas. Rompe las hojas, que caen en un charco de procedencia
discutible. El zumbido de una bombilla a medio estallar le hace pensar por una
vez en él. Le resulta irónico encontrarse a sí mismo en una luz, pero las cosas
nunca vienen dadas. Llora pensando en él lo que no llora pensando en los demás.
Por un momento el hambre, la guerra, las enfermedades y la pobreza no son nada
comparados con lo que padece. Está enfermo de él y no hay químico que lo cure.
Espera el final mientras piensa en su culo. No sabe de quién, pero lo piensa.
El tren de su vida llega a la estación y por fin ve la luz al final del túnel.
Él, que solo quería calentar su cama, que solo quería ser “el hijo de puta este”
de alguien, que solo quería su aliento, que solo la quería a ella; ya no es él.
Es otro el que vive en su cuerpo. Y destroza su cabeza todas las mañanas como
el que vive en un hotel de neón parpadeante. Pero ella no quiere quererle, así
que otro día más. Otro día menos. Baja a rellenar el bar y pide cinco botellas.
“¿Todas iguales, señor?”, oye. “En fin… Eso parece”, contesta. Y sonríe.